Nasreddín, la bolsa de arroz y el burro

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Nasreddín compró una gran bolsa de arroz, la cargó dificultosamente en su hombro y luego montó sobre su burro para llevarla a su casa.


Nota: ¿Es preciso que todo tenga un significado trascendente? El rigor racionalista de los intelectuales frecuentemente mueve a risa, cuando no a compasión. Nasreddín se ríe de los hombres, de sus propósitos y de sus conductas. Como se reiría de cuanta interpretación y exégesis se haga de esta fábula. Porque todo cabe en ella, sin límites. Desde la más módica sonrisa hasta la más oscura filosofada. Él, lo dije, eligió reír. E. D.

Lo que come Mahoma

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

El Maestro permaneció durante un mes predicando en cierto pueblo sobre la vida y las virtudes de los profetas, sin que durante ese tiempo se le diera alimento alguno. Preguntado por una mujer acerca de lo que Mahoma come en el cielo, le contestó: "¿Cómo puedes interesarte acerca de lo que come Mahoma en el cielo sin antes preguntar qué he comido yo durante este mes en tu pueblo?".
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Nota: Los hombres acostumbran mitigar su vacío inquiriendo sobre las cosas que consideran trascendentes, sin advertir que de tal modo eluden sus deberes primeros. Así es como transitan el ciclo de padecimientos que sólo podrá interrumpirse con el supremo precepto del amor, expresado como solidaridad incondicionada. Nasreddín ya lo decía entonces. E. D.

No soy de aquí

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Estando de visita en un pueblo, alguien le preguntó qué día era, a lo que Nasreddín contestó:

Lo ignoro, porque no soy de aquí.



Nota: La respuesta -comoquiera que sea entendida- aquí está puesta en boca de un niño. Porque ¿de qué otro modo puede entenderse el tiempo? ¿Puede el hombre aprehender la noción del tiempo? Si lo intenta sucumbe a la angustia o se refugia en la ignorancia de creer que sabe. Nasreddín, con sabiduría, eligió el sendero del absurdo. E. D.

La olla tuvo cría

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Fue para cocinar pilav(1) que cierta vez Nasreddín le pidió a su vecina una olla grande, a lo que ésta accedió amablemente.

Transcurrido un breve tiempo, Nasreddín le devolvió la olla a su vecina, quien al destaparla vio que dentro tenía otra olla, pero más pequeña. Sorprendida, inquirió al Maestro por ello, a lo que éste contestó: "Es que... tuvo cría". Complacida, la mujer guardó para sí ambas ollas.

Transcurrido un mes y Nasreddín volvió a pedirle a su vecina la misma olla en préstamo, accediendo feliz la señora, quizá con la secreta esperanza de una nueva parición. Pero no fue así, porque corrían las semanas y la olla no era devuelta.

Ya ansiosa por la tardanza, la vecina se apersonó en la casa del Maestro y le recordó que aún no le había devuelto lo prestado.

-La olla..., ah sí -recordó Nasreddín-, se murió.

Indignada, la mujer reprochó al que eso había dicho, advirtiéndole que no le tomara por tonta. "¿Cómo puede morir una olla?", preguntó con indisimulado fastidio.

Con la serenidad que le era propia, Nasreddín contestó: "Si pudiste creer que esa olla tuvo cría, ¿qué te impide creer también que ahora ha muerto?".


Nota: El cuento denuncia la fragmentación de la conciencia, sazonando el reproche con un dejo de animismo malicioso. Los diálogos y las reflexiones en el sufismo no tienen rigor alguno, como ocurre entre los griegos antiguos o entre los racionalistas modernos. Pero las consecuencias que devienen de ellos no son menos relevantes. Las ollas no nacen ni mueren, lo sabemos. Pero ignoramos la verdadera relación del hombre con su entorno. E. D.

(1) Plato típico del Medio Oriente elaborado a base de arroz.

Merezco ver a Allah

Cuentos de Nasreddin recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

-Si durante tantos años he seguido tus enseñanzas, Maestro -dijo el discípulo a Nasreddín-, cumpliendo ayunos, peregrinando a santuarios y sometiéndome a los rigores del ascetismo, bien merezco ahora que me muestres a Allah. Concédeme, pues, este deseo.

Luego de meditar debidamente sobre lo pedido, el hombre santo tomó una piedra del camino y con ella golpeó ferozmente a su discípulo, causándole enorme dolor y sorpresa.

Increpóle el dolorido discípulo diciéndole cómo podía responder así a una pregunta tan trascendente.

-Esa es la respuesta- contestó el Maestro.

-Yo sólo siento dolor- se lamentó el discípulo.

-Y bien -dijo Nasreddín-, muéstrame tú el dolor y yo te mostraré a Allah.


Nota: Éste es uno de los muchos cuentos que se le atribuyen al Maestro Nasreddín, nacido en el seno de una familia religiosa a comienzos del siglo XIII de nuestra era. Su reputación de hombre sabio es bien extendida en el Medio Oriente y sus fábulas, que mueven a la risa pero también a la reflexión, hoy comienzan a ser conocidas también en Occidente. No obstante que el hombre de este hemisferio siempre tendrá limitaciones para interpretar en su sentido propio los cuentos de Nasreddín, concebidos para una cultura y una cosmovisión diferentes, relato algunos de ellos que conservo aún en mi memoria. Otros he podido leerlos en alguna recopilación traducida al español, con lamentable pérdida de su sabor y extravío de su sabiduría. Por eso, perdón. E. D.

Café-Bar

Eduardo Dermardirossian
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Primera jornada

Primer Cafecito

Me dijeron que juega a los dados con las galaxias y las constelaciones. Que las arroja aquí y allá y luego se retira sin importarle el resultado.

Me dijeron -no me consta- que sus partidas, siempre en solitario, suelen durar millones de años luz y que el espacio de sus divertimentos se extiende más allá del lugar que llaman infinito. Y he sabido, porque también me fue dicho, que le gustan los juegos donde el oponente que es vencido muere al final de la partida. Que su maestría no conoce rival digno y que los despojos de los vencidos son destinados a edificar su templo, siempre inconcluso.

Y reflexionando sobre este asunto tuve curiosidad por conocerlo, por ver el espacio de sus juegos, conocer cuán veloz es en las partidas y saber por qué edifica un templo con despojos de vencidos. Tuve curiosidad por el asunto y creí que podría serle útil mi consejo.

Apronté mi equipaje para emprender el viaje y fui sorprendido por su emisario que me entregó el pasaje. Pero con otro destino.

Yo no había jugado, pero partía.
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Segundo Cafecito

No nos miramos durante el viaje, no intercambiamos palabras. Absorto en mis disquisiciones acerca de cómo sería aquel lugar, no advertí que acabábamos de trasponer una puerta pesada y herrumbrosa a cuyos lados, abandonados en el suelo, yacían incensarios malogrados por el desuso.

Por fin arribamos al templo, inconcluso como te dije, desde cuyo interior se dejaban oír plegarias inentendibles recitadas como letanías que traían a mi memoria hechos no vividos todavía. Y vi el altar. Y vi también que tras él, un poco más alto que su mesa, en un copón antiguo, quizás tanto como la edad del universo, giraban las estrellas y las constelaciones y el incomprensible infinito. También me vi a mí mismo adentro de la copa. Y vi que un soplo fuerte como corceles desbocados volteó la copa y derramó su contenido. Las estrellas y los soles y el infinito todo se derramaron en el lodo. Rodé también yo y al levantar mis ojos vi que no veía.

Entonces, un tropel de unicornios inició un rito extraño a mi alrededor, levantando polvaredas con las cenizas que los muertos habían devuelto a la tierra.
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Segunda jornada

Primer cafecito

Y cuando descendiendo lentamente como en un tiempo sin tiempo el polvo regresó al suelo seco y duro de aquel lugar, cegando mis ojos y cubriendo mis cabellos y mi ropa, oí un murmullo que partía de adentro de una caverna y se elevaba en la atmósfera irrespirable, perdiéndose luego devorado por el silencio.

Más tarde lavé mis ojos con la lluvia azul que caía copiosamente, mojando ese extraño paraje. Lavé mis ojos, sí, pero otra vez vi que no veía. Y luego, cuando esa lluvia me mojó por entero y comenzaban a anegarse los caminos, perdí el oído y el gusto y el olfato también. Y cuando pude andar unos pasos por el camino enlodado ya no sentí mis ropas. No sentí mi cuerpo. Por fin sentí que no sentía, que era el vacío, el sin sentido, la ausencia sin el ausente. Ni aquí ni allá. No el orden, ni siquiera el caos. Y ya no fue la palabra...
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Segundo Cafecito

Fatigué las calles angostas durante un tiempo que no puedo precisar. Vi transitar a hombres y mujeres en direcciones contrarias, unos apurando el paso, otros lentamente, balanceando su cuerpo a uno y otro lado, caminando sin rumbo, sin destino. A estos últimos seguí. Y cuando hubimos arribado a algún sitio, juntos todos y sin mirarnos, nos dejamos caer sobre el piso de cemento que cedió a nuestro peso. Y nos hundimos, nos hundimos cada vez más hasta quedar sepultados bajo la tierra, unos junto a otros, tomados todos de la mano y con sendas cintas rojas anudadas a nuestros cuellos. No sé si era ornamento, no sé si era el instrumento, pero poco después alcé mi mano. La alcé tan alto que emergió del suelo y sentí un calor que quemaba mi piel. ¡Nooo....! Y preferí el entierro y el cordel rojo en torno de mi cuello. Busqué una pluma, busqué dónde escribir y no lo hallé.

Y vino alguien, recogió lo que quedaba y lo puso sobre el muro, siempre inconcluso.

La oración*

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Era un devoto hombre de oración que peregrinaba de lugar en lugar para predicar la verdad que le había sido revelada. Fatigosamente recorría los senderos para decir la palabra de Dios a quien quisiera oírle. El hambre y el viento helado, las laceraciones de sus pies descalzos y el desdén de los incrédulos no hacían mella en su espíritu. Sabía que su misión era llevar el mensaje del Supremo para redimir a los hombres. Y el suyo era el único mensaje, su fe, la única verdadera.

Cierta vez, habiendo llegado hasta la ribera de un río, vio a un niño dando vueltas de carnero continuamente. Se detuvo a observarlo largo tiempo, y como el niño no cesaba de dar vueltas, le preguntó qué hacía.

-Estoy orando- fue la respuesta.

El devoto hombre de Dios quedó sorprendido. ¿Cómo podía alguien orar de tal manera? ¿Acaso no había sido instruido acerca de cómo hablar con el Supremo? El pobre niño debía ser aleccionado y para eso la providencia lo había puesto en su camino.

Y así es como ganando primero la simpatía del pequeño, trabajosamente logró enseñarle la oración ritual de los hombres de fe. La oración fue repetida para que el niño la recordara, y sólo cuando al caminante le pareció que el nuevo fiel ya no la olvidaría, dijo su bendición y partió.

Se hallaba a bordo de su barca en medio del río, cuando el peregrino oyó que alguien le llamaba a viva voz. Miró a sus espaldas y vio que el niño corría a su encuentro, pisando sobre las aguas sin mojar sus pies.

-Maestro, perdón por mi torpeza, pero olvidé el segundo párrafo de la oración. Por favor, ¿quieres repetírmelo?

Luego de observar conmovido la escena, el caminante comprendió.

-Ve hijo, y haz tus oraciones del modo que sabes. Ve hijo, Dios está contigo.

* Este cuento, que publiqué en mi libro “Ultimo Testamento”, me fue relatado por un amigo –hombre de fe- en su lecho de muerte, tras despedir a un ministro de otra religión que lo había visitado para procurar la salvación de su alma. Por eso tiene un sentido muy particular, sobre todo si se toma en cuenta que mi amigo era un hombre formado en la cultura medio-oriental.