Epitafio para su tumba

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Fue voluntad del Maestro que su sepultura fuera ornada con una puerta grande y robusta, clausurada con cerrojos inviolables. Y así se hizo a su muerte. Y según fue también su voluntad, nada había en torno a esa puerta, ni siquiera paredes.


Nota: Aún hoy la sepultura existe en el cementerio de Aksehir. ¿Qué quiso significar Nasreddín con tan curiosa decisión póstuma? Quizá burlarse de la vanidad humana. Quizá denunciar la estupidez de aspirar a tales honores, de los que era deseoso el hombre de entonces (y el de ahora). De cualquier manera una cosa es cierta: aún se hurga en su sentido, como se hurga también en el significado de cada uno de sus cuentos. Y ello no es poco. E. D.

Creí que usted era yo

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Estaba sentado en una casa de té, cuando un desconocido se acercó a Nasreddín y comenzó a contarle toda suerte de intimidades.

Sorprendido, el Maestro le preguntó por qué causa hacía eso siendo que eran enteramente desconocidos.

-Perdón -se excusó el hombre- como su turbante y su túnica son iguales a los míos, creí que usted era yo.


Nota: La cuestión del yo y el tú, de la identidad siempre sospechosa, desvela al hombre desde siempre. Y el sufí no es ajeno a este interrogante. Los racionalistas no podrán adentrarse un solo paso en estos territorios, vedados asimismo a la comprensión del hombre occidental. Algún recopilador de los cuentos de Nasreddín ha dicho con certeza que no es el punto de vista académico el que explique su significado. Entretanto, riamos con el personaje: "Creí que usted era yo". E. D.

Hay sol en tu jardín

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Lamentábase el hombre que los rayos del sol no entraban en su casa, cuando el Maestro le preguntó: "¿Llega el sol a tu jardín?".

"Oh sí, mucho".

"Pues entonces -continuó Nasreddín- lleva tu casa al jardín"


Nota: Esta es la enésima amonestación de Nasreddín. En su afán por mirar las cosas a través de sus apetencias, el hombre ignora que toda búsqueda concluye en sí misma. Y el lenguaje apropiado para decirlo es una vez más el del absurdo. Si bien, esta vez, benevolente y piadoso. E. D.

El Maestro se defiende ante el juez

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Su almuerzo consistió en dos huevos cocidos, un trozo de pan y una taza de té. Al disponerse a pagar por ello, Nasreddín supo que no tenía dinero. Fue por eso que en un descuido del posadero, se retiró del lugar disimuladamente.

Mas por ser sabio, el Maestro era un hombre honrado y pronto obtuvo dinero y se apersonó al posadero para pagarle. Como éste le pidiera un precio exorbitante con el argumento de que durante el tiempo transcurrido los huevos ya habrían dado robustos pollos, Nasreddín se negó a pagar.

El posadero llevó la cuestión ante el juez, que citó a las partes. El demandado llegó a la audiencia lo bastante tarde como para recibir un severo reproche del magistrado.

-Mi demora se debió a que estuve sembrando trigo cocido en mis tierras- se excusó el Maestro.

-Siendo tú labrador bien sabes que el trigo cocido no podrá dar frutos- arguyó el juez con seguridad.

-Y bien -contestó Nasreddín- el posadero me demanda sosteniendo que los huevos cocidos podrían dar pollos. De modo que sembrar trigo cocido no debiera parecer disparatado.


Nota: Las contiendas entre los hombres suelen ser ajenas a la razón y también al corazón. El ingenio y la chanza lo ilustran con más justeza que las sesudas reflexiones de los adustos jueces, porque ninguna lucubración supera la verdad que se manifiesta por sí misma. El Maestro Nasreddín ha sido un predicador de la inocencia como atributo que excluye el castigo. El de los hombres y el de Dios. Y es ello lo que más atrae en sus cuentos y en sus chanzas. Habrá que decir -a no olvidarlo- que fue hombre de honda fe religiosa. E. D.

El rey, el espejo y el llanto

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Nasreddín le obsequió a su rey un lustroso espejo de platino. Miróse el monarca en él y al verse tan feo prorrumpió en un llanto. Nasreddín -que se hallaba a su lado- lloró asimismo con desconsuelo.

Cuando el rey dejó de llorar, advirtió que el maestro seguía derramando lágrimas y evidenciando una gran congoja. Fue entonces que el rey lo confortó diciéndole que estaba emocionado al comprobar cuánto le amaba, porque le acompañaba en su pena más allá de su propio dolor. Y le pidió que dejara de sufrir.

Entonces Nasreddín exclamó: "Oh mi Señor, tú te viste por un instante en el espejo y lloraste por un instante. Siendo que yo te veo durante todo el día, ¿no es justo que llore un poco más?"


Nota: Solemos ignorar cuan grande es la pesadumbre que nuestra torpeza le causa al hombre sabio. Tal que, de saberlo, guardaríamos silencio o nos cuidaríamos de actuar. Pero no nos fue dado saberlo, por lo que seguiremos siendo ordinarios y torpes, cualquiera sea nuestro linaje o rango. Me parece que es éste uno de los cuentos más lineales de los muchos que le son atribuidos al maestro sufí, siendo la fealdad del rostro el reflejo del alma, y el espejo la medida de la estimación del prójimo. E. D.

Nasreddín, la bolsa de arroz y el burro

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Nasreddín compró una gran bolsa de arroz, la cargó dificultosamente en su hombro y luego montó sobre su burro para llevarla a su casa.


Nota: ¿Es preciso que todo tenga un significado trascendente? El rigor racionalista de los intelectuales frecuentemente mueve a risa, cuando no a compasión. Nasreddín se ríe de los hombres, de sus propósitos y de sus conductas. Como se reiría de cuanta interpretación y exégesis se haga de esta fábula. Porque todo cabe en ella, sin límites. Desde la más módica sonrisa hasta la más oscura filosofada. Él, lo dije, eligió reír. E. D.

Lo que come Mahoma

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

El Maestro permaneció durante un mes predicando en cierto pueblo sobre la vida y las virtudes de los profetas, sin que durante ese tiempo se le diera alimento alguno. Preguntado por una mujer acerca de lo que Mahoma come en el cielo, le contestó: "¿Cómo puedes interesarte acerca de lo que come Mahoma en el cielo sin antes preguntar qué he comido yo durante este mes en tu pueblo?".
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Nota: Los hombres acostumbran mitigar su vacío inquiriendo sobre las cosas que consideran trascendentes, sin advertir que de tal modo eluden sus deberes primeros. Así es como transitan el ciclo de padecimientos que sólo podrá interrumpirse con el supremo precepto del amor, expresado como solidaridad incondicionada. Nasreddín ya lo decía entonces. E. D.

No soy de aquí

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Estando de visita en un pueblo, alguien le preguntó qué día era, a lo que Nasreddín contestó:

Lo ignoro, porque no soy de aquí.



Nota: La respuesta -comoquiera que sea entendida- aquí está puesta en boca de un niño. Porque ¿de qué otro modo puede entenderse el tiempo? ¿Puede el hombre aprehender la noción del tiempo? Si lo intenta sucumbe a la angustia o se refugia en la ignorancia de creer que sabe. Nasreddín, con sabiduría, eligió el sendero del absurdo. E. D.

La olla tuvo cría

Cuentos de Nasreddín recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

Fue para cocinar pilav(1) que cierta vez Nasreddín le pidió a su vecina una olla grande, a lo que ésta accedió amablemente.

Transcurrido un breve tiempo, Nasreddín le devolvió la olla a su vecina, quien al destaparla vio que dentro tenía otra olla, pero más pequeña. Sorprendida, inquirió al Maestro por ello, a lo que éste contestó: "Es que... tuvo cría". Complacida, la mujer guardó para sí ambas ollas.

Transcurrido un mes y Nasreddín volvió a pedirle a su vecina la misma olla en préstamo, accediendo feliz la señora, quizá con la secreta esperanza de una nueva parición. Pero no fue así, porque corrían las semanas y la olla no era devuelta.

Ya ansiosa por la tardanza, la vecina se apersonó en la casa del Maestro y le recordó que aún no le había devuelto lo prestado.

-La olla..., ah sí -recordó Nasreddín-, se murió.

Indignada, la mujer reprochó al que eso había dicho, advirtiéndole que no le tomara por tonta. "¿Cómo puede morir una olla?", preguntó con indisimulado fastidio.

Con la serenidad que le era propia, Nasreddín contestó: "Si pudiste creer que esa olla tuvo cría, ¿qué te impide creer también que ahora ha muerto?".


Nota: El cuento denuncia la fragmentación de la conciencia, sazonando el reproche con un dejo de animismo malicioso. Los diálogos y las reflexiones en el sufismo no tienen rigor alguno, como ocurre entre los griegos antiguos o entre los racionalistas modernos. Pero las consecuencias que devienen de ellos no son menos relevantes. Las ollas no nacen ni mueren, lo sabemos. Pero ignoramos la verdadera relación del hombre con su entorno. E. D.

(1) Plato típico del Medio Oriente elaborado a base de arroz.

Merezco ver a Allah

Cuentos de Nasreddin recopilados y anotados por Eduardo Dermardirossian

-Si durante tantos años he seguido tus enseñanzas, Maestro -dijo el discípulo a Nasreddín-, cumpliendo ayunos, peregrinando a santuarios y sometiéndome a los rigores del ascetismo, bien merezco ahora que me muestres a Allah. Concédeme, pues, este deseo.

Luego de meditar debidamente sobre lo pedido, el hombre santo tomó una piedra del camino y con ella golpeó ferozmente a su discípulo, causándole enorme dolor y sorpresa.

Increpóle el dolorido discípulo diciéndole cómo podía responder así a una pregunta tan trascendente.

-Esa es la respuesta- contestó el Maestro.

-Yo sólo siento dolor- se lamentó el discípulo.

-Y bien -dijo Nasreddín-, muéstrame tú el dolor y yo te mostraré a Allah.


Nota: Éste es uno de los muchos cuentos que se le atribuyen al Maestro Nasreddín, nacido en el seno de una familia religiosa a comienzos del siglo XIII de nuestra era. Su reputación de hombre sabio es bien extendida en el Medio Oriente y sus fábulas, que mueven a la risa pero también a la reflexión, hoy comienzan a ser conocidas también en Occidente. No obstante que el hombre de este hemisferio siempre tendrá limitaciones para interpretar en su sentido propio los cuentos de Nasreddín, concebidos para una cultura y una cosmovisión diferentes, relato algunos de ellos que conservo aún en mi memoria. Otros he podido leerlos en alguna recopilación traducida al español, con lamentable pérdida de su sabor y extravío de su sabiduría. Por eso, perdón. E. D.

Café-Bar

Eduardo Dermardirossian
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Primera jornada

Primer Cafecito

Me dijeron que juega a los dados con las galaxias y las constelaciones. Que las arroja aquí y allá y luego se retira sin importarle el resultado.

Me dijeron -no me consta- que sus partidas, siempre en solitario, suelen durar millones de años luz y que el espacio de sus divertimentos se extiende más allá del lugar que llaman infinito. Y he sabido, porque también me fue dicho, que le gustan los juegos donde el oponente que es vencido muere al final de la partida. Que su maestría no conoce rival digno y que los despojos de los vencidos son destinados a edificar su templo, siempre inconcluso.

Y reflexionando sobre este asunto tuve curiosidad por conocerlo, por ver el espacio de sus juegos, conocer cuán veloz es en las partidas y saber por qué edifica un templo con despojos de vencidos. Tuve curiosidad por el asunto y creí que podría serle útil mi consejo.

Apronté mi equipaje para emprender el viaje y fui sorprendido por su emisario que me entregó el pasaje. Pero con otro destino.

Yo no había jugado, pero partía.
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Segundo Cafecito

No nos miramos durante el viaje, no intercambiamos palabras. Absorto en mis disquisiciones acerca de cómo sería aquel lugar, no advertí que acabábamos de trasponer una puerta pesada y herrumbrosa a cuyos lados, abandonados en el suelo, yacían incensarios malogrados por el desuso.

Por fin arribamos al templo, inconcluso como te dije, desde cuyo interior se dejaban oír plegarias inentendibles recitadas como letanías que traían a mi memoria hechos no vividos todavía. Y vi el altar. Y vi también que tras él, un poco más alto que su mesa, en un copón antiguo, quizás tanto como la edad del universo, giraban las estrellas y las constelaciones y el incomprensible infinito. También me vi a mí mismo adentro de la copa. Y vi que un soplo fuerte como corceles desbocados volteó la copa y derramó su contenido. Las estrellas y los soles y el infinito todo se derramaron en el lodo. Rodé también yo y al levantar mis ojos vi que no veía.

Entonces, un tropel de unicornios inició un rito extraño a mi alrededor, levantando polvaredas con las cenizas que los muertos habían devuelto a la tierra.
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Segunda jornada

Primer cafecito

Y cuando descendiendo lentamente como en un tiempo sin tiempo el polvo regresó al suelo seco y duro de aquel lugar, cegando mis ojos y cubriendo mis cabellos y mi ropa, oí un murmullo que partía de adentro de una caverna y se elevaba en la atmósfera irrespirable, perdiéndose luego devorado por el silencio.

Más tarde lavé mis ojos con la lluvia azul que caía copiosamente, mojando ese extraño paraje. Lavé mis ojos, sí, pero otra vez vi que no veía. Y luego, cuando esa lluvia me mojó por entero y comenzaban a anegarse los caminos, perdí el oído y el gusto y el olfato también. Y cuando pude andar unos pasos por el camino enlodado ya no sentí mis ropas. No sentí mi cuerpo. Por fin sentí que no sentía, que era el vacío, el sin sentido, la ausencia sin el ausente. Ni aquí ni allá. No el orden, ni siquiera el caos. Y ya no fue la palabra...
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Segundo Cafecito

Fatigué las calles angostas durante un tiempo que no puedo precisar. Vi transitar a hombres y mujeres en direcciones contrarias, unos apurando el paso, otros lentamente, balanceando su cuerpo a uno y otro lado, caminando sin rumbo, sin destino. A estos últimos seguí. Y cuando hubimos arribado a algún sitio, juntos todos y sin mirarnos, nos dejamos caer sobre el piso de cemento que cedió a nuestro peso. Y nos hundimos, nos hundimos cada vez más hasta quedar sepultados bajo la tierra, unos junto a otros, tomados todos de la mano y con sendas cintas rojas anudadas a nuestros cuellos. No sé si era ornamento, no sé si era el instrumento, pero poco después alcé mi mano. La alcé tan alto que emergió del suelo y sentí un calor que quemaba mi piel. ¡Nooo....! Y preferí el entierro y el cordel rojo en torno de mi cuello. Busqué una pluma, busqué dónde escribir y no lo hallé.

Y vino alguien, recogió lo que quedaba y lo puso sobre el muro, siempre inconcluso.

La oración*

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Era un devoto hombre de oración que peregrinaba de lugar en lugar para predicar la verdad que le había sido revelada. Fatigosamente recorría los senderos para decir la palabra de Dios a quien quisiera oírle. El hambre y el viento helado, las laceraciones de sus pies descalzos y el desdén de los incrédulos no hacían mella en su espíritu. Sabía que su misión era llevar el mensaje del Supremo para redimir a los hombres. Y el suyo era el único mensaje, su fe, la única verdadera.

Cierta vez, habiendo llegado hasta la ribera de un río, vio a un niño dando vueltas de carnero continuamente. Se detuvo a observarlo largo tiempo, y como el niño no cesaba de dar vueltas, le preguntó qué hacía.

-Estoy orando- fue la respuesta.

El devoto hombre de Dios quedó sorprendido. ¿Cómo podía alguien orar de tal manera? ¿Acaso no había sido instruido acerca de cómo hablar con el Supremo? El pobre niño debía ser aleccionado y para eso la providencia lo había puesto en su camino.

Y así es como ganando primero la simpatía del pequeño, trabajosamente logró enseñarle la oración ritual de los hombres de fe. La oración fue repetida para que el niño la recordara, y sólo cuando al caminante le pareció que el nuevo fiel ya no la olvidaría, dijo su bendición y partió.

Se hallaba a bordo de su barca en medio del río, cuando el peregrino oyó que alguien le llamaba a viva voz. Miró a sus espaldas y vio que el niño corría a su encuentro, pisando sobre las aguas sin mojar sus pies.

-Maestro, perdón por mi torpeza, pero olvidé el segundo párrafo de la oración. Por favor, ¿quieres repetírmelo?

Luego de observar conmovido la escena, el caminante comprendió.

-Ve hijo, y haz tus oraciones del modo que sabes. Ve hijo, Dios está contigo.

* Este cuento, que publiqué en mi libro “Ultimo Testamento”, me fue relatado por un amigo –hombre de fe- en su lecho de muerte, tras despedir a un ministro de otra religión que lo había visitado para procurar la salvación de su alma. Por eso tiene un sentido muy particular, sobre todo si se toma en cuenta que mi amigo era un hombre formado en la cultura medio-oriental.

Hojas caídas de mi diario

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

En la noche del 14 de diciembre de 2001

Me apresuro a anotar este sueño para no extraviarlo en el basurero de la amnesia y para mirar a través de él la estatura de mis experiencias no buscadas. Después de todo ¿quién sino yo puede mirar con reverencia estas cosas?

Era un lugar abierto, con pocas construcciones y grandes superficies para el recreo. Las gentes deambulaban de un sitio a otro, reuniéndose aquí y allá. Muchos habían acudido, al punto de incomodarse unos a otros. Las actividades se sucedían y los paseantes mudaban incesantemente de lugar, hasta que en un sitio apartado se congregó la gente. Ignoro exactamente qué ocurría, pero ahí estábamos muchos hombres y mujeres. Entre tantos, había una muchacha de la que yo estaba enamorado y que otrora había correspondido a mis solicitudes, pero ya no; ahora ella acompañaba a otro hombre y yo estaba acongojado por eso. Ella hablaba con él y desdeñaba mi presencia, desdeñaba mi dolor que sabía grande. Y yo padecía ese desdén.

Mientras ella se regodeaba en abrazos y arrumacos con el otro, yo penaba y cada pena agregaba una espina sobre el tronco grande y verde de un palo borracho. Eran tantas las espinas cuantas eran mis penas. Y así es como el tronco se pobló de espinas, a cuál más grande y aguda. Y hete aquí que ese tronco era también un asiento, un banco. Pero una particularidad más tenía el árbol-asiento: por alguna circunstancia que desconozco, la disposición de sus espinas permitía ver cuál era mi pesar, la razón de mi desdicha, el tamaño de mi padecimiento, tal que la mujer que ahora me desdeñaba, su nuevo compañero y otros del público podían conocer mis adentros. Fue por eso que antes de retirarme del lugar arrojé sobre el tronco un puñado de espinas, para que adhiriéndose a él pudieran disimular mi pena y resguardar mi pudor.

Y cuando ya todo había concluido y me retiraba del lugar, oía tras de mí la voz de ella que le decía palabras de amor a él. Luego el sueño se fue esfumando y otro sueño vino a ocupar su lugar. De éste sueño no guardo memoria.


Anotación al 7 de enero de 2002

Los niños de mis años niños hablábamos del misterio de los astros. Mirábamos el cielo en las noches estrelladas de luna ausente. Perplejas nuestras almas todavía blancas, nos preguntábamos sobre el infinito, nos afanábamos por asir las distancias con nuestras miradas. Yo sentía (ahora lo comprendo) que al mirar hacia el infinito universo también quería explorar lo infinitesimal, lo ínfimo. Lo uno era mirar hacia afuera, lo otro, hacia adentro. Y ahí, en un cierto punto, en el lugar del equilibrio, estábamos yo y mi presuntuosidad humana.

He llegado a creer que yo era Dios y que si cerraba mis ojos las cosas dejaban de existir. Sin mí no existiría el cosmos, el orden, la conciencia. Cuando la vida me cerrara sus puertas, se aniquilaría el todo, sería la nada. Solipsismo le dicen los versados.

Recuerdo que tales inquisiciones azuzaban mi mente niña. Aún más: yo no podía aceptar el uno, la unidad, el sitio adonde la búsqueda encuentra su fin, su indivisión y su razón; siempre podía dividirse lo que creía uno. Los genes de Leucipo me poblaban.

En cuanto a las indagaciones sobre el tiempo, esas no ocupaban mi mente. Entonces yo no tenía presciencia de la muerte.


Fuga y regreso en la noche del 24 de julio de 2002

Se enrolló sobre la rama verde como si lo hiciera sobre sí misma y pronto las estrellas comenzaron a estallar aquí y allá. Unas veces se apagaban éstas para que estallaran aquellas, otras, estallaban todas a un tiempo. En un acto múltiple se manifestaba toda la vida, toda la energía del caos elemental.

Luego las estrellas fueron chispas que saltaron desde el centro hacia afuera, y fueron también perlas que nacieron porque sí y describieron espirales hasta girar en órbitas.

Más tarde se ocultaron las estrellas y se apagaron las chispas, las perlas abandonaron sus órbitas y lentamente se congregaron en el centro.

Y ella permaneció ahí, enrollada sobre su rama, sobre sí misma, sobre la quietud del sueño. Y el universo lentamente recobró su orden y las esferas celestes volvieron a su derrota, a deslizarse por las huellas trazadas por el Uno.

De Nigeria a los adoquines de San Telmo

Homenaje a Aduke Balewari

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

El tum tum de los tambores

Ningún hombre debiera partir sin antes haber estado en el desierto, solo, andando con sus pies y arrastrando tras de sí la angustia de ignorar qué hay más allá del horizonte. No debiera irse sin sospechar qué cosa le espera allá, adonde va y de donde no regresará. Sin ver el amanecer sobre la arena y sobre la arena ver el ocaso, sin saber que nadie le espera, que su voz no es escuchada, que su corazón late para sí, sólo para sí, y que sus anhelos ya le han abandonado en la jornada anterior. No debiera un hombre partir sin antes haber estado en el desierto.

El mar es otro porque no puedes recorrerlo con tus pies, porque se mueve, porque tiene vida en su adentro. Es otro porque te moja, no te mata como el desierto hostil. El bosque, en su fervor vegetal, puede abrigarte y darte comida, puede ofrecerte reparo a su sombra y lecho en su hojarasca. Y la montaña esconde una esperanza detrás de cada cima, te ofrece el agua fresca del arroyo que hiere su quebrada y la ilusión de aproximarte a Dios cuando alcanzas la cumbre.

El mar, el bosque y la montaña son de la vida. El desierto no. El desierto es como la tumba que va a guardar tus restos hasta que seas arena. Semeja el lugar de donde viniste y también el lugar adonde irás. Los tiempos de tu antes y tu después son tantos como los granos de arena del desierto; por eso debes conocerlo antes de partir, para que desde tu ahora conozcas tu siempre y para que en ese conocimiento busques una grieta, una fisura por donde escurrirte y volver cuando los tambores anuncien la luz que ilumina el día.

No partas sin antes conocer el desierto. Tampoco sin antes oír el tum tum de los tambores que anuncian el alba.


Visité la luna en un día de otoño


Con el alma a cuestas y los ojos abiertos recorrí caminos polvorientos, junté flores de plata, miré mis manos y mis pies descalzos, alcé mi copa y cuando estaba por beber me detuvo tu voz. No bebas, me dijiste, porque ésta no es tu casa. Los extranjeros que moran este suelo no te dan de su vino. No enciendas hogueras, no edifiques ni levantes tus sueños porque aquí los tambores no baten sus parches y las muchachas danzan en otras latitudes. Y aunque fue sabia tu advertencia no quise oírla. Y bebí de la copa y fue acre el vino, y cuantas veces levanté mi casa cayeron sus paredes, y las hogueras se apagaron sin consumir los leños, y mis sueños mudaron en lágrimas. Las flores de plata no pude anudarlas a mi guirnalda y mis pies sangraron, heridos por las piedras de los caminos que recorro todavía.

Tu voz me advierte aún y no quiero oírla. Quiero caminar los senderos de la luna, resucitar mis sueños, alumbrar los sitios oscuros de mi alma. Quiero ser dueño de mi vida porque otro es el dueño de mi muerte. Y si vienes a decirme que otra vez los guijarros lastimarán mis pies y que el hambre devorará mi vientre, vete entonces. Que tu sabiduría acompañe a los sensatos, a los que con paciencia esperan el fruto de sus mieses. Regresa al terruño, adora a tus dioses y baila tu danza ritual.

Yo regresaré cuando encuentre el fuego que encienda mi antorcha y seré uno contigo. Entretanto, dile a los tambores, a las montañas, a los prados, al viento, dile a todos que Aduke Balewari está peregrinando más allá de los bosques y de los mares, aún más allá de los cielos. Diles que regresará un día y que levantará su casa cerca de Abuja.

Déjame cargar mi alma a cuestas, fatigar los caminos polvorientos, recoger flores de plata, no importa si se marchitan. Déjame levantar mi copa, sé que algún día me embriagará su vino. Déjame mirar el cielo con mis ojos, medir las distancias con mis pasos. Que cada soledad me acompañe, que cada fatiga encuentre su reposo. ¿No me enseñaste eso en tu regazo?


En esa jornada se ausentó el sol

Quizá era una conspiración, quizá una travesura o un equívoco inexplicable, no lo sé. Pero ese día se ausentó el sol y el cielo negro permaneció sobre la tierra y porfiadamente siguió cubriendo los prados y las montañas, los bosques y las arenas del desierto. Las aves no salieron de sus nidos, las fieras no alardearon en sus cacerías y las flores ignoraron sus colores. También se ausentó la luna y sólo las estrellas ornaron el manto oscuro del cielo. Los hombres y las mujeres salieron de sus casas y batieron los parches de sus tambores y danzaron y arrojaron sobre sus cuerpos el polvo que ese día no amasaron los alfareros. Pero fue en vano. Ningún fervor, ninguna exhortación ni rito fue bastante para convocar al ausente.

Dejé mi casa para ir a la plaza. Ahí no había nadie. Miré el cielo nigeriano, miré las estrellas que lo habitan, infinitamente las miré examinándolas una a una hasta fatigar mis ojos, hasta que mis ojos también se ausentaron. Escruté mis adentros, volví a mi niñez, a mis anhelos, a los sueños ya olvidados y a los que aún me alientan. Busqué mi copa y mi tambor y, felizmente, los hallé.

Miré el cielo, luego mis manos. Noche, siempre noche. Y ya no pude más soportar y grité hasta desgarrar mi garganta, hasta agotar mi voz y mis fuerzas y caer de rodillas sobre la tierra seca. Grité convocando a los dioses y a los espíritus de mis ancestros y al sol y al fuego. Nadie acudió.

Entonces comprendí. Recogí mi copa y mi tambor y partí regando con lágrimas el sendero que dejaba a mis espaldas. Sentí hambre, sed y desesperanza al recorrer los caminos. Y al fin llegué hasta aquí para beber contigo de mi copa, para batir mi parche en tu casa, para que me oigas cantar mis canciones y reír mi risa, para que me veas agitar mis alas, para que leas mis versos y yo los tuyos.

Quizá juntos podamos convocar al sol ausente


Desafiando al espejo

Miro mis manos vueltas hacia arriba, luego hacia abajo; miro mis pies, mi rostro en la claridad del estanque, mis ojos. Las formas simétricas con que fui amasado ¿a qué se deben? ¿Por qué el Alfarero que amasó el barro de mi hechura me esculpió así? ¿O acaso me hizo diferente y luego, cuando creyó que la obra era conclusa, quiso el azar mostrarla en un espejo?

Dijiste cierta vez, amigo distante, que tu Caperucita cruzó el río para buscarse en el espejo que duplica las cosas. ¿Será así como dijiste? Mis manos, mis pies, toda mi figura dice que sí. Pero los fantasmas que me habitan, esos que pueblan mis adentros en el sueño y en la vigilia, en la guerra y en el sosiego, en el hambre y en la hartura, esos fantasmas no obedecen a la porfía del espejo: a cada si dicen un no, a cada esperanza oponen un desencanto, esos fantasmas confían el niño al tibio regazo de su madre y, a un tiempo, visten al muerto con el manto blanco de la partida.

Consagraste a tu hijo con el nombre de tu padre: Heráclito le llamaste, y así desafiaste el misterio del espejo. Lo que es no es, dijiste. No proclamaste el revés, no, anunciaste el opósito, la guerra, el fuego cambiante, el río que discurre. Y curiosamente los hiciste uno en el nombre de tu padre, en el nombre de tu hijo. Creo que no te hubiera amado Heráclito, quizá sí Jacinto.

Otra vez miro mis manos y mis pies y mi cuerpo todo y ahora comprendo su simetría, su engañosa duplicidad, su copia vana. Ellos no son como el fuego que se enciende y apaga medidamente, no son como la guerra que estalla y se sosiega y vuelve a estallar... y siempre está ahí, como el río que discurre. Soy leño en el fuego, soy un estertor en la guerra, una gota en el inagotable caudal de la vida. Por eso soy y no soy y no debo conjugar el verbo.


Traje mis sueños en la maleta, pero dejé mi corazón ahí, en Abuja

Desembarqué en tierras blancas pobladas por hombres blancos, con lenguas y costumbres blancas. Recorrí las calles de la ciudad, tan grande como no había visto en mi tierra de colores ocres y verdes y amarillos; recorrí las calles grises y vi rostros tristes caídos sobre pechos abrumados por el peso del cielo. Caminé sin destino y sentí hambre y frío y pasé las noches en las plazas y en las estaciones, castigado por la mirada de los hombres blancos.

Luego dí mis brazos negros para levantar paredes blancas y dolorosamente gané mi pan y mi abrigo. Los libros regresaron a mis manos y mi lápiz se prodigó en letras para levantar castillos de esperanza. Y entonces sí, montado en mis anhelos y en la lengua de los españoles comencé a transitar los caminos del mundo, a dibujar perfiles, a entretejer adentros, a construir historias. Los fantasmas que me habitan hallaron la puerta y ahora visitan las casas de mis otros hermanos, los que visten otro color de piel, pálida, fría, algunas veces fraterna. Algunas veces no veo la distancia: las mismas risas, los mismos pesares, los sueños compartidos. Algunas veces no veo la diferencia, salvo en el tum tum de los tambores.

Desembarqué en estas tierras sin abandonar mi Nigeria negra, llegué con mis sueños y mis ansias pero dejé mi corazón ahí, en Abuja, custodiado por mis hermanos, abrigado en el pecho de la muchacha que quizá me espera todavía, palpitando al ritmo de esos tambores. ¿Qué me trajo a tus tierras, hermano blanco? ¿Qué me alejó de tu calor, mi continente negro? ¿Encontraré lo que busco? ¿Regresaré al terruño? ¿O lo que anhelo está conmigo, oculto en un pliegue de mi alma? ¿De qué lado de la vida se esconde el sosiego, la hartura del alma, el silencio? Mañana alumbraré mis dudas y hallaré lo que busco, lo sé. ¿Pero cuándo es mañana?


Yo te estaré esperando. Espérame tú también

Cuando leas estás líneas estaré lejos de ti, lector; de regreso en mi tierra, en el suelo que me vio nacer. Estaré rodeado de mis afectos de siempre, hablando otra vez mi lengua, recordándote y recordándome junto a ti caminando por las calles de San Telmo viejo; lejos de mi frío cuarto de hotel, pero también de los cálidos bares porteños.

Durante algunos años compartí la vida contigo, sentí tu afecto y tu desdén, el frío y el hambre, pero también el calor y la hartura. Sentí las cosas de tu tierra y de tu gente; me sentí arropado y desnudo, como tú. Y porque fui uno más en tu casa debo decirte gracias.

Mi tierra y mi gente me impondrán rigores, como lo hiciste tú, me ofrecerán alegrías como también tú me las ofreciste. La vida es una aquí y allá y en vano buscamos diferencias fatigando otras tierras y mirando otros rostros, porque lo que buscamos no está ahí adonde no alcanzamos, sino adentro, en el suelo fértil de nuestras almas. Si tú y yo buscamos con el corazón caliente y las manos abiertas, si nos miramos y descubrimos por fin que una es nuestra madre, la vida, entonces podremos compartir el pan y la alegría y las canciones y también los rigores cuando sea su hora. Este es el anhelo que quiero compartir contigo ahora, ya lejos de tu tierra.

Te estaré esperando. Espérame tú también.

Se fue y se llevó el viento consigo

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Cuando el viento cesaba y la quietud del aire lo inmovilizaba todo, entonces sí, podía descansar de sus fatigas. Pero eso ocurría pocas veces, porque en aquellos parajes el viento era incesante, impiadoso. Si soplaba desde el interior de los campos su sombra se extendía sobre la playa, hacia el mar. Y cuanto más fuerte soplaba el viento tanto más larga era su sombra. En cambio, si el viento venía desde el mar, entonces su sombra se perfilaba en los campos yermos. El viento templado del norte arrastraba su sombra hacia el sur, y así, siguiendo los caprichos del aire, él tenía que soportar sobre sus piernas la fuerza de esa sombra que por momentos quería desprenderse y volar por sus fueros.

Por eso, en los raros días de calma él y su sombra eran uno. Sólo él era visible, su sombra no. Esta parecía haberse metido en las entrañas del hombre para darle un poco de sosiego, un tiempo de descanso.

Al mediodía, por ejemplo, cuando las gentes deambulaban pisando la mísera sombra que había bajo su carnadura, él andaba con su umbrosa compañera ora a izquierda, ora a derecha, atrás o adelante, más o menos luenga, según fuera la dirección y la fuerza del viento. Y en las pocas tardes de calma chicha, cuando todos proyectaban en el suelo unas sombras de parecida longitud, semejando un universo de seres paralelos, él andaba solo, quizá con la sombra metida en su pellejo, quizá sin ella, no lo sé.

Un día, no hace muchos meses, partió con rumbo desconocido. A nadie dijo por qué partía de ese suelo que le había visto nacer y crecer, no dijo a dónde iba, tampoco si regresaría. Simplemente partió, quizá en la oscuridad de la noche para que no lo vieran. Y desde entonces ningún viento sopla en esos parajes, ni la más breve brisa acaricia los rostros de sus habitantes. Él se fue y se llevó el viento consigo. También, seguramente, su sombra.

¿A quién asesinaste, mujer?

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Es un cuadro habitado por dos hombres que caminan por un prado soleado, en cuyo fondo ves unas casitas con tejados rojos. Pintado al óleo y sin firma de autor, está colgado en mi cuarto, en la pared que enfrenta la ventana.

Uno de los hombres, el de la derecha, permanece siempre ahí, inmóvil, mudo, con expresión reflexiva, tal como lo pintó su autor. El otro, de rostro severo y ataviado con un abrigo azul, va y viene, unas veces lo veo en el cuadro junto a su compañero, otras veces no.

Suelo mirar el cuadro cuando permanezco en mi cuarto leyendo, escribiendo o simplemente sentado junto a mi perro, fumando. Y tal como te digo, algunas veces veo al del abrigo azul y otras veces no. El otro está ahí sin faltar nunca. Los miro y me pregunto cuál de los dos cumple el deseo del pintor, el que se queda o el que a veces se ausenta. No lo sé.

Pero sé (y no me preguntes, lector, cómo lo sé) que el que se queda siempre ahí piensa, siente, tiene ensoñaciones y anhelos que guarda para sí. A nadie le cuenta qué cosas pueblan su mente, qué deseos habitan su corazón, qué anhelos dan alas a sus sueños; en su silencio y parquedad hay algo inquietante, tanto como en el ir y venir de su compañero. Y algo más sé. Sé que él jamás piensa ni siente cuando su compañero lo acompaña, jamás. Su corazón late y su mente trabaja sólo en ausencia del otro.

El del abrigo azul (también lo sé de cierto) no tiene pensamientos, no está habitado por anhelos ni sentires. Él sólo deambula. Ahora está en la tela con su carnadura de óleos; luego, quizá, estará ausente, habrá partido hacia un lugar incierto.

Ayer me visitó una dama, bebió vino conmigo y habló poco; palabras de mera urbanidad, cosas banales dijo. Aseó mi cuarto, puso orden en mis enseres, no quiso leer mis borradores y antes de partir se detuvo ante el cuadro y dijo: “Al del abrigo azul lo he asesinado”.

Dos lunas

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Construyó dos marcos ovalados de buen tamaño, mandó cortar sendos cristales según su medida y pidió que fueran prolijamente biselados. A uno lo hizo espejar para que copiara fielmente cuanto había enfrente. Todo lo armó y los puso juntos, frente a sí. Y vio que su propósito era cumplido: a través de uno de los cristales vio lo que había adelante, y en el reflejo del otro vio lo que había detrás. Todo a un tiempo y sin voltear su cabeza. Dentro del primer marco vio lo que sus ojos podían atrapar sin mediación, y dentro del otro se vio a sí mismo y también vio cuanto le había sido negado hasta entonces.

Así lo hizo en las habitaciones de su casa y en cuantos lugares solía frecuentar, tal que un par de marcos ovalados, uno con el cristal espejado y el otro no, poblaron desde entonces y para siempre su vida. Y su universo se duplicó y el horizonte lo rodeó en un círculo sin fin. Todos los misterios le fueron develados y fue, desde entonces, omnipresente, y por eso también omnisciente. Y aún –no lo sé de cierto- quizá omnipotente.

Cierto día, cuando Dios miró en dirección al mundo, lo vio. Lo vio mirando el universo todo sin que nada le fuera ignoto o vedado, sin que cosa alguna se ocultara a sus ojos. Esto vio Dios y supo que su tiempo era llegado. Dirigió entonces sus pasos hacia el hombre hasta alcanzarlo, se hincó a sus pies, besó su diestra e incorporándose le entregó su cetro y su manto. Por fin, enderezó sus pasos hacia un olivo añoso y se acostó a su sombra para descansar de sus fatigas. Ahí durmió y cuánto duró su sueño no se sabe.

Caperucita en el regazo del viejo Heráclito

No sé si esta Caperucita es para los niños. Sé que es para aquellos que, resistiendo la erosión del tiempo, pueden mirar con perplejidad el mundo que los rodea. De ahí que la publico entre los Cuentos chalados.

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Dicen algunos que el azar les prodigó esta aventura e hizo que se encontraran en algún lugar del tiempo. Yo no lo creo así, creo que no es preciso buscar azares donde no los hay. Creo que alguna oculta deliberación quiso reunirlos para que juntos jugaran una rayuela en los entresijos del tiempo y que para eso se encontraron en esa infinita dimensión; más cerca de ella o de él, no lo sé. Y no me preguntes más de cuanto te diga, lector, porque quiero ser veraz y no suplir con mi imaginación lo que no conservo en mi memoria.

Ella conocía lugares y lugares, distantes unos de otros, algunas veces alejados de su casa y también de la de su abuela, a quien frecuentaba cada semana. Valles y montañas, ríos y lagos, prados, bosques y hasta el mar, esto y aún más había conocido Caperucita a su corta edad, que entonces era de cinco años. Había cruzado a la ribera opuesta del río que divide al mundo en dos, el misterio de las estrellas que cortejan a la luna en el espejo del río no le era ignorado, tampoco los mundos de diferentes colores que ruedan en el cielo. Había conocido a hombres y mujeres de todas las edades, de distintas condiciones, sabios unos e iletrados otros, animales de diferentes especies y hasta seres fantásticos que nacen de los dibujos y se corporizan del aire. Todavía más guardaba la niña en el cofre de su memoria. Pero bien sabía ella que más era lo ignorado, lo que escapaba a sus sentidos y a su imaginación fecunda. Caperucita sabía que no sabía, que aún le eran desconocidos muchos secretos de la vida. Los secretos del tiempo, entre ellos.

Y es así que decidió emprender un viaje a través de las edades y de los siglos para ver otros aconteceres. Quería conocer a los habitantes de otros tiempos, pasados y por venir, conversar con ellos, escuchar sus historias, narrarles sus propios cuentos. Los misterios que yacían ocultos bajo las cenizas azuzaban su conciencia blanca. Y no pudiendo ya resistir su curiosidad, fue al encuentro de su padre que trabajaba en el huerto: “Papito, partiré hacia otros tiempos, conoceré las edades, seré las horas y los días y los años. Seré siglos en una y en otra dirección. Y cuando el ave que ahora sobrevuela nuestra casa aún no haya posado sus patitas en la tierra, antes de que hayas terminado de recoger el verdeo que estás segando ahora, regresaré y te encontraré aquí, en el huerto. Dame tu permiso, dime tu bendición y besa mi frente”.

Bien sabía el papá que Caperucita haría ese viaje. Que sin desobedecerle pero sin cejar en su propósito emprendería el viaje. Sabía que su niña se nutría de pan y de amor, sí, pero también de su curiosidad irresistible. “Ve, hija, que sea fácil tu travesía”, le dijo y besó su frente.

En otro tiempo del tiempo y en otro lugar del mundo, un hombre viejo y sabio, flaco y barbado hacía aprontes para un viaje: pan, agua y un raro calendario era cuanto tenía como equipaje. Cuánto distaba Éfeso, su ciudad, de la casa de la niña, no importa ahora; pero sí el tiempo, que era de unos dos mil quinientos años, nada menos. Su nombre, Heráclito, era bien conocido por sus contemporáneos, y el mismísimo rey Darío de Persia había querido aprender de su ciencia.

Heráclito había hurgado en sus adentros los misterios de la vida, que son los misterios del tiempo. Había inquirido al río que discurre y al fuego que se prende y apaga medidamente, para verse espejado en ellos. Lo eterno y lo no eterno, lo concorde y lo discorde son uno, decía. Severo escrutador de la naturaleza humana y divina, su cuño aristocrático le distanció de sus compatriotas, que merecieron duros reproches de él. Luego, allá en la Grecia de los filósofos, fue alabado y reprobado por sus pensamientos y alguien de merecida fama lo motejó El oscuro.

Amanecer primero
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Se encontraron, como te digo, en algún lugar del tiempo. Si fue su anhelo que los transportó, si algún poder que les fue dado, si un duende travieso quebró el secreto de las edades y los reunió, no lo sé. Tan sólo puedo decir que así Caperucita como Heráclito atravesaron los días y los siglos en la dirección de sus anhelos.

Y se encontraron al pie un árbol que repartía su sombra sobre el cauce de un arroyo y una casita azul. Se encontraron la niña y el sabio y se miraron curiosos de saberse mutuamente. Ella vio en él a un hombre adusto, casi severo, que por su edad podía ser el padre de su padre; con barba entrecana, mirada melancólica y honda y vestido con un manto. Él la vio niña, con una capucha que cubría parte de su cabellera larga y rizada, vestida con atuendos que le eran desconocidos. La vio vivaz e inquisidora. Se saludaron y se sentaron sobre una peña que emergía de la ribera, clavados sus ojos sobre el curso del arroyo que apresuraba ruidosamente sus aguas hacia la parte inferior de la quebrada. Soleado por momentos, por momentos umbrío bajo el follaje de los árboles, haciendo remolinos en los estanques, serpenteando y precipitándose en pequeñas cascadas, el curso del agua parecía desmentir aquel encuentro que había transportado al viejo hacia adelante en el tiempo y a la niña hacia atrás.

Unas cabras pastaban en las inmediaciones y multitud de aves rasgaban el cielo, todas en la misma dirección, norte o sur no lo sabía la niña, quizá sí el viejo. Y entre esas aves Caperucita vio a la que sobrevolaba el huerto de su padre, la vio y al pronto pudo reconocerla. No por su diverso plumaje ni por su tamaño, que en esto era igual a las otras, no; la reconoció por su modo de volar, porque merodeaba el sitio sin buscar el horizonte. ¿Era la bendición de su padre? ¿su emisaria?

“Me llaman Caperucita, tengo cinco años, mi padre es hortelano y mi madre cuida de nosotros y prepara ricos dulces”, inauguró el diálogo la niña. “Lo sé”, y el viejo paseó su nudosa mano por la cabellera canela de la niña. Un largo silencio siguió y sólo el canturreo del agua les acompañó en sus cavilaciones. El sol ya estaba alto en aquella mañana y su tibieza terminaba de recoger las últimas perlas de rocío que la noche había sembrado. La casita azul lucía curiosamente bella, mitad resguardada por sus muros y sus enseres, mitad abierta al fervor de las plantas y a la luz del sol.

De pronto el viejo levantó su mirada al cielo y sentenció: “El sol es nuevo cada día”, y a partir de entonces el astro padre pareció reavivar sus llamaradas, inquietarse y hasta apresurar su tránsito hacia el cenit. El agua cristalina del arroyo brilló y brincó entre las pulidas piedras como nunca lo había hecho antes y la casita azul adquirió un nuevo esplendor. El anciano dijo que cada jornada es en sí misma todas las jornadas habidas y por haber, y que todas las jornadas pasadas y presentes son una.

“¿Qué dices, Heráclito –dijo la niña que de sobra conocía el nombre de aquel sabio–, dices que hoy es siempre?”. “Lo es”. El hombre se expresaba con seguridad, sí, pero también con un dejo de misterio en su voz. Eso le hizo dudar a la niña sobre tan audaz afirmación, porque, se preguntó, si hoy es siempre ¿qué hay de la esperanza que precisa un mañana para manifestarse o para desvanecerse en el desencanto? Acaso ¿no fueron muchos hoyes y mañanas los que la transportaron a su edad de cinco años? “Dime qué haré con mis anhelos, qué con mis sueños y con mis esperas si no hay mañana?”. Heráclito tomó a Caperucita con sus manos rudas, la sentó en su regazo, acarició nuevamente sus pelos color canela y le dijo así: “No sientas temor por tus anhelos y no creas que se frustran tus esperas. No mires más allá del arroyo, porque en él verás todo cuanto hubo, hay y habrá. Lo que anhelas está presente en tu anhelo, así como ya está en tu casa lo que aún esperas. Ayer, hoy y mañana son uno, como lo es el río, como lo eres tú. Y Dios. Él es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, hartura y hambre; pero adopta diversas formas al igual que el fuego”. Calló por un momento. Luego agregó: “Si miras bien, si atiendes no a mí, sino a la razón, estarás de acuerdo en que la sabiduría consiste en que lo uno es todo”.

La niña escuchaba al sabio con mucha atención y se esforzaba en entender cuanta cosa salía de su boca, aún sus gestos y su mirada escudriñaba para asir su saber completamente. Los movimientos de sus manos rugosas, el énfasis que se insinuaba en algunas de sus expresiones, todo esto leía ella con afán de tomar para sí cuanto podía enseñarle el anciano. Pero, a decir verdad, ciertas cosas le eran difíciles de comprender. Por ejemplo, si es nuevo el sol cada día, ¿no es porque hay muchos días? Esto preguntó y aguardó respuesta. Él insistió en que el todo es uno y que el uno es todo, que ayer es hoy y también mañana, que un ave es todas las aves; más cosas de esta clase dijo Heráclito a Caperucita. Y, repentinamente, ella comprendió. Que de algún ayer venía él al encuentro y de algún mañana venía ella, que el ave que sobrevolaba el huerto de su padre era, a un tiempo y a pesar de las edades, la misma que había surcado el cielo en el momento del encuentro. Y hasta llegó a comprender que nada es de algún modo si otra cosa no es de modo diferente. Que lo uno es en lo otro, eso comprendió.

Ambos volvieron sus miradas sobre el agua del arroyo y así permanecieron largo rato. Luego el viejo tomó pan de su alforja, lo partió dando a la niña un trozo y él comió el restante. También compartieron el agua que él llevaba consigo. Y cuando aún el sol habitaba el cielo, él se incorporó, tomó la mano de la pequeña y dirigiéndose a la casita azul, le dijo: “Ea, vamos ya, debemos descansar de las fatigas de este día. Durmamos, niña, que el sol que vendrá, desde ahora nos está esperando”.

Amanecer segundo

El sol temprano de la mañana los despertó a ambos. A Caperucita la encontró en un lecho mullido y a Heráclito en un rincón, tendido sobre el piso y cubierto con unas mantas azules. Como las paredes, como el vano de la puerta inexistente, como los pocos muebles y cortinas que ornaban la casa, como la guitarra de seis pares de cuerdas que descansaba en otro rincón, azules todos. También como el cielo.

Ambos lavaron sus rostros en el arroyo, alisaron sus pelos y partieron aguas arriba para recoger frutos. Fresas e higos hallaron en abundancia para su desayuno, y mientras los comían la brisa fresca de la mañana acariciaba las copas de los árboles haciéndoles hablar un idioma que la niña no conocía. Ella sabía que algo se decían los árboles y las matas, que tales melodías no eran vacuas, que por alguna razón quebraban el silencio de aquellas montañas. “Dime, Heráclito, de qué hablan las plantas, qué se dicen las unas a las otras; dime también por qué no puedo yo entender su lengua”.

“Ellas, las plantas y los árboles, las flores y sus frutos, también los peñascos y las bestias hablan la lengua del tiempo. Que es la lengua del río que siendo el mismo, muda incesantemente, es otro cada vez que te sumerges en él. Porque, dime, pequeña, mira con tus ojos, pero también con todo tu entendimiento y tu corazón y dime, ¿por qué había de estar ahí el río todavía si ya le has conocido antes y no ha mudado? ¿Por qué causa ha de seguir siendo aquello que no alienta esperanza? ¿Por qué tú habías de hablar conmigo, por qué inquirirme, si todo fuera como ayer y nada hubiera cambiado? Mira el curso del río, cómo discurren sus aguas; mira también cómo los árboles se agitan y murmuran al compás del viento, y hablan de cosas, diferentes las unas de las otras.” Heráclito calló. Y en ese momento el ave que sobrevoló el huerto del padre de la niña, la misma que surcó el cielo en el anterior amanecer, vino cerca de ellos, revoloteó sobre el lugar y finalmente se posó en el hombro del viejo. Éste no pareció sorprenderse y quedamente recogió uno de los frutos que aún tenía a su alcance y le dio de comer. “He aquí que me habla y yo le entiendo y le respondo. Mira y ve, Caperucita, cómo no son necesarias las palabras que empleamos los hombres, aún los filósofos, para entender a las aves. También para entender a las plantas y al río no ha menester de palabras. Y yo creo que, en verdad, tampoco los hombres precisamos de ellas para decirnos las cosas que más importan en nuestras vidas. Quizá ahora también tú puedas entender la lengua de los árboles, de las aves, del universo.”

Caperucita acarició la barba desordenada del anciano, besó su diestra y luego, lentamente, se acercó al arroyo para sentarse a su vera y fijar la mirada en sus aguas cristalinas. Heráclito no la acompañó, la dejó sola. Y como la niña no regresaba a su lado, no abandonaba la ribera ni quitaba sus ojos del agua que corría incesantemente, partió solo de regreso a la casita azul y allí la esperó sin ansiedad y sin temor. De sobra sabía que ella regresaría.

El sol acariciaba el poniente cuando el viejo vio a Caperucita que llegaba con unas nueces en su falda. Sonrió la niña al verle, pero él no, porque sus ojos aún estaban colmados de lágrimas. ¿Qué pensamientos le acompañaron durante su estancia a solas en la casita azul? ¿qué recuerdos, si los tenía, habían castigado su soledad? No sabía la niña dar respuesta a estas preguntas y él calló. En la casita azul, sobre la mesa robusta quebraron una a una las nueces, separaron las cáscaras que dieron al fuego para alentar sus llamas, y comieron el fruto con fruición, porque ambos estaban hambrientos. Luego, Heráclito fue al monte próximo y regresó con unos leños secos para alimentar el fuego, que prometía acompañarlos durante aquella noche fría.

Las llamas danzaban sobre los leños. Sus formas ondulantes y caprichosas se alternaban con chisporroteos que de cuando en cuando arrojaban estrellas a los pies de la niña y del viejo. La casita estaba tibia y la guitarra devolvía los reflejos del fuego; sus cuerdas, en pares, querían vibrar y lo sabían ellos pero ¡ay!, no sabían arrancar melodías de esa caja azul. Sin embargo las cuerdas vibraban, primero unas, luego las otras, siempre en pares, cada vez más, y ellos aguardaban que algo ocurriera. No esperaron mucho, porque unos acordes comenzaron a brotar desde el vientre del instrumento, una armonía extraña, diríase que la suma de sonidos discordes producían un resultado armonioso. Heráclito escuchaba y miraba el extraño calendario que había traído consigo y que, desenrollado, descansaba sobre la mesa cubriéndola enteramente. Y por primera vez sonreía. La niña le miraba y se complacía de ver al anciano feliz.

Ignoro cuánto tiempo escucharon esa extraña y elemental melodía, pero puedo decirte con certeza que mientras su sonido ocupaba los rincones de la casa y el fuego ardía en lenguas multiformes, Caperucita y Heráclito emprendieron juntos un viaje. Partieron primero en dirección al ayer, más lejos todavía que el tiempo que le vio nacer al viejo, mucho más lejos. Vieron cielos y mares, aves y animales rapaces, hombres y mujeres ataviados con ropajes no vistos por ellos hasta entonces. Vieron ríos y hogueras, vieron monarcas opulentos y súbditos menesterosos, vieron nacer a unos y morir a otros, vieron luces y sombras. Tomados de ambas manos y mirándose el uno al otro continuaron el viaje hacia el ahora, discurriendo por las tierras de Heráclito y sus vecindades y allí un hombre los detuvo, amigablemente les miró a los ojos y les obsequió una sonrisa y un trozo de pan untado con miel, que comieron los viajeros. Heráclito le dijo al hombre que al siguiente día fuera a la casita azul para retribuir su hospitalidad, para hacerle conocer el arroyo y para que le enseñara su saber a la niña. El hombre asintió y continuaron ellos su viaje en dirección al mañana.

Y, en efecto, recorrieron muchos aconteceres más allá del tiempo en que el papá de Caperucita trabajaba en su huerto; pero de lo que vieron en esa parte de la travesía nunca hablaron. Y por eso, lector, no sé decirte nada a su respecto.

Cuando por fin regresaron a la casita azul, la guitarra dijo sus últimos acordes y calló y el viejo arrolló el calendario que aún cubría la mesa, mientras el fuego seguía ardiendo en llamaradas. La niña se sumergió entre las sábanas, se cubrió con abrigos para que fuera reparador su sueño y pronto se durmió. Mientras, Heráclito ocupaba su rincón en el cuarto y desde ahí miraba el fuego que no cesaba de danzar.

Amanecer tercero

“Para el Dios todas las cosas son hermosas y buenas y justas; pero los hombres sostienen que algunas cosas son injustas y otras justas”, dijo Heráclito desde su rincón, cubierto aún por las mantas que le abrigaban en aquel amanecer fresco. Caperucita le oyó, porque ya había despertado y desde su lecho miraba amorosamente al viejo. “¿Por qué así, Heráclito, por qué son distintas las cosas para Dios y para los hombres, siendo que Él las hizo una, según me enseñaste?”

He aquí la cuestión –dijo para sí el viejo. Si sobre su conciencia blanca la niña puede escribir esa pregunta y también la respuesta, entonces habrá hallado el camino y ya nada podrá perturbarla. “Tengo la pregunta. Dame tú la respuesta y ya no seré perturbada mientras transite por la vida”, dijo ella, que misteriosamente había leído el pensamiento de Heráclito. Él la miró, la tomó por sus hombros y dulcemente la sentó en su regazo como lo había hecho en el primer amanecer, y le dijo así: “El Uno es atributo de Dios, no de los hombres. El Uno es bello en sí y por sí. Por su condición es bello, y no le está dado al hombre verlo con sus sentidos. Los hombres vemos lo múltiple, y, por eso, vemos los opósitos y nos bañamos en las aguas del conflicto.” Caperucita pudo comprender que la desventura viene al hombre por causa del conflicto y que el conflicto no puede manifestarse si las cosas son una. Pero aún así, sintió que algo no comprendía, y no podía discernir qué era. Miró al anciano y él supo leer en los ojos de la niña. “Algo de cuanto decimos te estará vedado, y es el conocimiento del Uno, que es el conocimiento de Dios. Tú, yo, todos los hombres, sólo podemos concebirle con nuestra perplejidad. Mirando el discurrir de las aguas del río, o el caprichoso llamear del fuego en la hoguera, o sopesando lo uno respecto de lo otro. Pero si comprendemos que en esa duplicidad que ven nuestros sentidos la divinidad se manifiesta en su unidad, entonces sabremos que no hay conflicto. Y esta es la respuesta que has de escribir en tu conciencia. Y saber que sólo la perplejidad podrá responderte cada vez que inquieras lo insondable.”

Caperucita fue a sentarse a orillas del arroyo para fijar nuevamente sus ojos en las aguas que corrían en dirección al valle.

Heráclito regresó de un paseo que había dado por las inmediaciones del arroyo, aguas arriba, con unos frutos para el almuerzo, porque esperaba que su invitado llegara pronto. La niña le esperaba en la casita azul, con la mesa arreglada para tres comensales. Ambos se sentaron sobre un tronco que los años habían derribado y la niña le contaba al anciano sobre un amigo que había tenido y que cierta vez, mirando el revolotear de unos pájaros, los siguió con su mirada hasta que, habiéndose ocultado ellos tras las copas de los árboles, sin proponérselo él también voló y los alcanzó y danzó con ellos por los aires. Le dijo que otra vez su amigo sanó las heridas de un ave y luego, cuando hubo partido para no regresar más, en algún sitio vio a un anciano de barbas blancas que irradiaba luz y que tenía una cicatríz en el mismo lugar del ave que él había sanado. Que su nombre era Jacinto y que él le había enseñado el secreto de las estrellas que cortejan a la luna en las aguas del arroyo. Más cosas le dijo Caperucita a Heráclito acerca de su amigo Jacinto. Y estaba ella hablándole aún, cuando vieron llegar al griego barbado que habían conocido en el anterior amanecer.

“Eres bienvenido”, le recibió Heráclito y le ofreció un lugar en la mesa. Demócrito, que éste era el nombre del recién llegado, compartió con ellos el alimento, y cuando Caperucita retiró las pocas vajillas que habían usado, dijo: “Encontré vuestra casita azul bordeando la margen derecha del arroyo, en dirección al curso de sus aguas. Y desde las tierras altas pude ver que ella está situada en el lugar más escondido de esta quebrada. ¿Por qué lo elegisteis? ¿O fue el azar que determinó que vuestro encuentro fuera en este lugar?” “El infinito universo –respondió Heráclito– no tiene un sitio que los hombres podamos elegir, y el tiempo, mi querido amigo, es un niño que juega con los dados. Henos aquí, entonces, por una voluntad que no es la nuestra. Mas sí la tuya, que queriendo venir aquí y ahora, enderezaste tus pasos con rumbo cierto. Tal certeza te da alegría y pone en tu alma y en tu boca esa sonrisa que quiero le transmitas a la niña. Porque no es bueno que al comenzar su tránsito por la vida emparente conmigo, que soy de lágrimas prontas; es mejor que, habiendo ya aprendido los enseres primeros del mundo, transite de tu mano el sendero de regreso a su morada.” Dicho esto, el viejo Heráclito tomó a Caperucita de su mano, acarició nuevamente sus cabellos color canela, y así le dijo su legado: “Sé la luz, toma la mano tibia de mi amigo Demócrito y ve con él para llevar la risa a los hombres. Y honra a los dioses porque en ellos hallarás sabiduría”.

La niña miró a su nuevo compañero y vio que otro era su rostro, que no había tristeza en su mirada y que una dulce sonrisa se dibujaba en su boca. Miró hacia atrás para ver a Heráclito por otra vez, pero él había vuelto su rostro en dirección al arroyo que discurría hacia el valle, siempre hacia el valle. Y como el arroyo, ella eligió descender acompañando el curso de las aguas, hasta llegar al huerto donde todavía el ave revoloteaba en el cielo y su padre no había terminado de cosechar el fruto verde de la tierra.

Hecho el depósito ley 11723

El silencio de Jacinto

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Uno

Jamás se supo si fue día o noche cuando nació. Si el sol entibiaba la jornada o si la lluvia mojaba el pastizal. Si la luz de la luna bendecía el claro del monte o si la negra boca del cielo ausente cegaba la esperanza. No se supo jamás qué signo precedería sus pasos por la vida.

Por eso Jacinto guardó las palabras en su alforja vacía y enderezó sus pasos por la vida en dirección al viento. Siempre hacia el viento, porfiadamente, no importa si helaba su rostro en el amanecer sin sol o si castigaba sus ojos con las cenizas que los muertos habían devuelto a la tierra. En su incesante andar recorrió caminos y esperanzas, montañas y llanuras. Y jamás dijo con voces sus sueños y agonías.

Y así se deslizó por la pendiente de su vida, con la palabra ausente, en dirección al viento. No supo si nació de día. No supo si lo abrigó la noche en su venida.

Me contaron las chusmas que cierta vez recorriendo los caminos de la vida encontró Jacinto un avecilla caída, lastimada en su ala por la bala de un arma. Recogió al pájaro y curó su herida. Y también me dijeron que ese día por única vez habló Jacinto. Fue con el ave después de ser sanada su herida. Qué le dijo el pájaro al hombre no se supo. Tampoco lo que el pájaro oyó en ese día.

Dos

Qué cosa hizo Jacinto en su vida nadie lo sabía. Cuáles fueron sus sueños, cuál su esperanza y su ilusión tardía. Qué fue lo que calló también era ignorado. Con nadie habló de tales cosas y dicen que sólo el ave herida conoció su voz y vio su corazón latir, caliente, remontar el aliento de su palabra ausente.

Sabía que pronto partiría su nave hacia el poniente. Que el viento que acompañó sus días se alojaría en las velas, en aras de saber si su arribo al mundo fue de noche o si la luz del sol le dio la bienvenida. Sólo después del viaje lo sabría.

Tres

Tal como arribó del horizonte ignoto, partió la nave con Jacinto a bordo hacia la muerte, luminosa u oscura no sabía. Y sin tormentas, sin oleajes, llevado por la brisa tibia del verano pronto, llegó la nave a costas perfumadas, floridas por doquier, con frutos abundantes a mano de los habitantes hermosos todos ellos, desnudos e iluminados sus cuerpos desde adentro. El silencio adornado con música ligera, con risas y alegrías y el espacio colmado con aves sin heridas. Desembarcó sonriente y una dama hermosa como ninguna guió sus pasos hacia la portería. Preguntó por las flores, las aves y los frutos y le fue dicho que esos eran ornamentos de la bienvenida. Supo que había arribado al Cielo y que desde entonces ese sería el lugar de su eternidad sin días. Hasta la puerta llegaba el ornamento. El resto era ordinario, tal como él lo había visto antes de su partida. Atravesó la puerta sin portero y vio cómo era todo. Las calles y sus ruidos, las gentes y sus casas. El viento, los ropajes, el sol y las fatigas. Vio todo semejante a sus días sin palabras, cuando aún no había abordado la nave.

Cuatro

Recorrió las calles cuesta arriba y luego cuesta abajo. Vio al labriego trabajar la tierra y al artesano tejer los mantos para abrigo. Los niños anhelaban ser adultos y los adultos detener el tiempo, vio que las damas cubrían sus pudores y los varones las cortejaban con diferente suerte cada uno. Pudo saber que era la luz de día y que la noche empañaba el espejo, que era frío y calor, que era risa y llanto. Era amor y desdén lo que cantaba el poeta, reptil y alado, trabajo, fatiga, satisfacción y tedio. Todo era así en el cielo encontrado, como había sido en sus días de silencio porfiado.

¿Cómo era distinto Esto de aquello? ¿Cuál diferencia había en lo hallado? ¿Por qué le llaman Cielo a este estado si aquí hay llanto y fatiga y por momentos el camino está enlodado? Quiso encontrar respuesta y la halló al pronto cuando un ave reposó en su hombro. Tenía una cicatriz sobre su ala y una majestad distinta a todo.

No se sabe qué fue lo acontecido. No se sabe si hablaron o qué ha sido. Pero las chusmas me dijeron que en ese mismo instante comprendió Jacinto que aquel Territorio no era el mismo. Que no era azul ni carmín ni arcoiris. Que tan solo una cosa era diversa en ese Reino. Allí no había dinero. Después había el resto.

De Último Testamento, Dermarte, Buenos Aires 2000.
© Del autor.

La copa azul del ángel

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Callado, de sí mismo hacia adentro, era un viajero ignoto por territorios nunca antes visitados. No había brillo en su mirada y sombra no tenía. Delgado, huesudo y cabizbajo, solía vagar en las noches frías por aquel paraje inhóspito, como ánima herida. La luz de cada día lo encontraba echado bajo las matas espinosas del monte, con los puños apretados sobre sus ojos cerrados, en posición fetal, inmóvil, mudo. Era oscuro, taciturno, gris, sin luz, sin alegría. Era el espectro de la noche al mediodía.

Cierta vez
soñando que soñaba
los sueños de Jacinto
cuando era niño a veces
cuando era adulto otras
soñé que recogía
de un antiguo arcón
dos copas de cristal
azul la una
como el azul del ángel
y gris la otra
opaca triste y fea.
Soñé que alcé las copas
a un tiempo y sin remedio
cayó la azul del ángel
sobre la piedra ruda
quebróse en mil pedazos
quedando solamente
la gris opaca y fea.
Soñé que tuve sed
que con la copa habida
bebí hasta el hartazgo
del cáliz gris opaco
que no elegí la copa
que no elegí la sed.
Soñando que soñaba

los sueños de Jacinto
perdí la copa azul
la copa azul del ángel
bebí hasta el hartazgo
del cáliz gris opaco.


Si algún día en su vida amaneció soleado, si tan siquiera un día la sonrisa de un niño se adentró en su mirada, aquel sino imborrable que condenó sus días lo tornó ciego y sordo, ajeno a cuanto ocurría fuera de sí.

Hasta que cierta vez, inmerso en el llanto y ya pronta la agonía, lo sorprendió una dama, viajera desde sus adentros. De entre las varias cosas que traía en sus alforjas, extrajo una copa de cristal azul, como aquella que vio romperse en sus sueños, y sirvió vino en ella. Y ambos bebieron de la misma copa. Una y otra vez bebieron vino de la copa de cristal azul hasta embragarse y caer dormidos largo tiempo. Durmieron profundamente sin que ningún sueño alterara el blando lecho del vino.

¿Dónde hallaré esperanzas?
¿Cuándo caerá la noche
que prometa un mañana?
si en mis noches sin luna
se asomara una estrella
si a mis días de llanto
siquiera la templanza
si las alforjas llenas
contuvieran ocultas
promesas y mañanas.
Creo que en mis entrañas
anidan damas bellas
colores resplandores
jornadas sin querellas.
Quizá en mis adentros
Encontraré respuestas.

Y despertó en medio del monte entre haces de sol que se filtraban por el follaje verde de los árboles. Y el canto de los pájaros adornaba el silencio y las flores silvestres lucían sin pudor sus colores arcoiris. La fresca brisa despejó la pesadez del sueño y se incorporó sobre sus piernas, más firmes y vigorosas que hasta entonces.

Buscó a la dama. En vano miró aquí y allá para encontrarla. Nunca la halló. Y nunca supo si en verdad había estado con él bebiendo de la misma copa o si aquello fue un sueño ya desvanecido.

De Último Testamento, Dermarte, Buenos Aires 2000.
© Del autor.